HD Raid 2015

HD Raid 2015 es un proyecto de exposición que pretende mostrar las diferentes facetas de la protección del Patrimonio Cultural e Histórico-Artístico señalando, en concreto, la persistente dialéctica entre la necesidad de destruir y, a la vez, proteger los vestigios del pasado, propia de las diferentes ideologías y religiones que ha conocido la humanidad.
El trabajo de investigación realizado por nuestros colaboradores a través de la historiografía ha dado como resultado el compendio de una serie de textos que les mostramos a continuación, siendo éstos el pilar fundamental de la exposición que tendrá lugar entre el 2 y el 15 de Noviembre, y que se podrán contemplar en los diferentes paneles realizados para la ocasión. 

PARTE I- REVOLUCIÓN FRANCESA

1789. El comienzo de una nueva era.

En 1790, la Abadía de Cluny, principal centro religioso de la orden benedictina en Francia, fue saqueada y reducida a escombros por una horda de revolucionarios que seguían el furor desencadenado por la toma de la Bastilla en julio de 1789.

La Ilustración, de la que derivó el proceso revolucionario francés, contribuyó a la secularización y universalización de la cultura gracias, entre otros, a las aportaciones de Rousseau sobre la soberanía popular, a las de Voltaire sobre la tolerancia religiosa y a las de Montesquieu en lo referido a la separación de poderes. El resultado fue un proceso de cambio en el cual se acabó con la monarquía y los privilegios del clero y la nobleza, alzándose los intelectuales y la burguesía a la cabeza de la nueva estructura social, con una mayor participación del pueblo. Pero los sucesos revolucionarios tuvieron consecuencias en todos los ámbitos, entre los que destacan los daños sufridos por el patrimonio histórico-artístico francés y al mismo tiempo la adopción por parte de la República de importantes medidas de protección de aquel mismo patrimonio.

Vándalos e ideólogos

El pueblo francés se alzó contra los poderes tradicionales del Antiguo Régimen: Monarquía e Iglesia y, con similar violencia, se enfrentó con la representación de aquel poder. No fue suficiente cortar la cabeza de María Antonieta, el saqueo y la destrucción tomaron Francia y hasta se llegó a la profanación de las tumbas de los reyes, custodiadas en el Panteón Real de la Basílica de Saint Denis. En Notre Dame de París la masa revolucionaria incontrolada confundió la galería de los Reyes Bíblicos con los monarcas y los destrozó. El vandalismo de los Modernos se convirtió en una realidad.

A la vez los órganos de gobierno de la República se apoderaron, sin dudarlo, de los tesoros patrimoniales de la monarquía, del clero y de la nobleza, tal y como se plasmó en un decreto de la Asamblea Constituyente de octubre de 1789.

La reutilización de los bienes inmuebles y la venta de los muebles fueron instrumentos al servicio de la Ideología de la Razón a cuyo culto se redestinó, por ejemplo, la Basílica de Notre Dame.

Patrimonio: pedagogía para el Pueblo

El vandalismo y la destrucción provocaron una firme reacción que llegó a plasmarse en una serie de normas y escritos que promovían la necesidad de defender y proteger el “monumento histórico”, que pasaba de ser reflejo y espejo del pasado a Patrimonio de la colectividad.

Se empezó a reflexionar sobre la necesidad de proteger los bienes en razón de su trascendencia, belleza y utilidad pedagógica, criterios de los que se puede extraer una primitiva definición de Patrimonio Cultural. En ese sentido, la Instruction sur la manière d’inventorier et de conserver de Félix Vicq d’Azyr de 1793 estableció distintas categorías de bienes a conservar con procedimientos técnicos específicos para cada una, planteando un método científico similar al de los estudios médicos.

Destacan en este contexto las figuras del Abad Henri Grégoire y de Alexandre Lenoir. El primero llevó al cabo una serie de estudios exhaustivos sobre el estado de conservación del Patrimonio comprendiendo la necesidad de realizar su inventario y catálogo como medida fundamental de protección. El segundo fue el promotor, en 1795, del Musée des Monuments Français, sito en el antiguo convento des Petits-Augustins para proteger los bienes de la Iglesia que allí se iban catalogando y ordenando según criterios científicos.

Protección y Contexto Histórico

Las iniciativas de Grégoire y Lenoir evidenciaron una de las grandes tensiones dialécticas entre la protección de los bienes y su correcta interpretación histórico-contextual. En tal sentido, las voces de Quatremère de Quincy o Chateaubriand, entre otros, se alzaron en contra de este proceso señalando que la salvación de una obra a costa de la perdida de los vínculos con el entorno de origen, iba a producir un efecto negativo propio en aquellas funciones histórico-pedagógicas que eran razón y premisa para su salvación.

Para saber más descargue el texto completo AQUÍ


PARTE II – LOS GRANDES EXPOLIOS DEL SIGLO XIX

Expoliarte

A los efectos de la nueva ideología burguesa se vino sobreponiendo, a comienzos del siglo XIX, el nacionalismo de las grandes potencias europeas. Una de sus facetas fue el colonialismo, que impuso con la fuerza de las armas la superioridad de algunas “culturas” destinadas a salvar los valores de la humanidad. Ya no se trataba de salvar el Patrimonio de los vandálicos revolucionarios franceses, sino de pueblos y naciones considerados subdesarrollados e inferiores en términos culturales y sociales. Esta actitud legitimó el expolio como instrumento de recuperación de un añorado pasado clásico, un proceso casi inevitable si consideramos que el Romanticismo implantó una interpretación espiritual y emocional de las ruinas y los restos arqueológicos, entendiéndolos como vestigios parlantes que eran capaces, tan solo con ser contemplados, de hacer revivir y sentir la historia de la civilización que los alumbró. Esto fomentó el interés por conocer el patrimonio cultural de cada país, poniéndose de moda los viajes a lugares con restos arqueológicos de antiguas civilizaciones, y la publicación de libros, enciclopedias y revistas que presentaban a los monumentos históricos como objetos de estudio literario, histórico e iconográfico, ya que en este momento se produjo además el desarrollo de la Historia del Arte como disciplina científica para el estudio de las obras de arte del pasado en sus aspectos estéticos, testimoniales, ideológicos y culturales.

La Ilíada, ce moi y le tresor aussi

Heinrich Schliemann (1822-1890) fue un comerciante prusiano que desde su infancia estuvo obsesionado con la historia homérica narrada en La Ilíada, hasta tal punto que dedicó su vida a ello. Así, basándose en las descripciones del relato griego que tan bien conocía y en otros estudios arqueológicos anteriores, dio con la ubicación geográfica de Troya (1870). Lo que encontró no fue, la ciudad del relato homérico, sino unos estratos correspondientes al posterior desarrollo de aquella ciudad. En sus ansias por llegar a los restos de la Troya que tanto anhelaba, y como consecuencia de sus insuficientes conocimientos arqueológicos, Schliemann destrozó importantes restos del yacimiento arqueológico.

En 1873, se encontró con lo que él denominó el Tesoro de Príamo, unos 11.000 objetos muy valiosos de oro, plata y cobre. Recurriendo a todo tipo de ardides sacó las joyas con la ayuda de su mujer y las llevó a Atenas, desde donde se trasladaron a Berlín.

En 1879, Schliemann donó las piezas al museo de Artes y Oficios de Berlín pero éstas desaparecieron durante la Segunda Guerra Mundial. Se llegó a creer que fueron fundidas, hasta que en 1993 se expusieron en el Museo Pushkin de Moscú, a dónde se habían llevado como botín de guerra en 1945. Esta circunstancia desató una agria disputa entre rusos, alemanes y turcos. Estos últimos revindicaban la titularidad del Tesoro de Priamo, al igual que sus últimos propietarios legales, los responsables de la Fundación del Patrimonio Cultural Prusiano, basándose en la donación de Schliemann de 1881 que imponía su custodia “en propiedad eterna en la capital del Imperio”, exigiendo que sea devuelto a Berlín.

Ex luxor concordiae

En 1831 Mehmet Alí, bajá de Egipto, se vio en la postura, presionado por Jean-François Champollion, de regalar a Francia los dos obeliscos que se encontraban ante el pilono erigido por Ramsés II en Luxor. De los dos monumentos, se escogió trasladar el situado en la parte occidental, por estar mejor conservado, a París. En la actualidad el obelisco de Ramsés II sigue en la Plaçe de la Concorde, donde el granito rosa de Asuán se ha vuelto de color grisáceo por la contaminación y en donde aparece grabada la fecha de su alzamiento en París (25 de octubre de 1836) en su nueva base moderna. Lejos de convertirse en un caso aislado, otras naciones se trasladaron a buscar sus propios modelos. Inglaterra se llevará en 1880 un obelisco de Cleopatra de Alejandría y Nueva York su pareja tiempo después. sin embargo, lo más hiperbólico y surrealista lo vivió el segundo obelisco de Asuán, que aunque nunca llegó a abandonar el templo, sería oficialmente “devuelto” por Francia en 1981.

Siempre en tierras egipcias, Francia y el Reino Unido protagonizaron otros de estos singulares enfrentamientos coloniales que tuvo por objeto la, hoy famosa, piedra Rosetta, gracias a cuyo descubrimiento, Champollion lograría descifrar el significado de los jeroglíficos. En julio de 1799, durante la campaña egipcia de Napoleón, Pierre-François Bouchard, un oficial francés, encontró cerca de una antigua fortaleza en Rashid una piedra de basalto inscrita en caracteres jeroglíficos, demóticos y griegos donde se reproducía un edicto del faraón Ptolomeo V Epífanes. En 1801 los ingleses se la llevaron considerándola como botín de guerra tras la derrota de las tropas napoleónicas en Egipto.

Hoy en día es uno de los objetos más preciados del Museo Británico de Londres, que se niega a devolverla a pesar de las numerosas ocasiones en que las autoridades egipcias han reclamado la piedra.

A mirror: venus vs female

Los casos de expolio no sólo tuvieron lugar en países orientales a la sombra de las grandes potencias europeas: España fue una de las naciones que más vio sufrir a su patrimonio cultural durante el siglo XIX. Las Guerras Carlistas y la Guerra de la Independencia, así como la inestabilidad política que las sucedió hicieron estragos en nuestro patrimonio.

Un caso ejemplar lo representa la Venus del espejo de Diego Velázquez, hoy en día en la National Gallery de Londres. Esta obra estuvo en poder de la Casa de Alba desde 1688 hasta 1802, momento en el que Carlos IV ordenó que fuera vendida, junto con otras piezas, a Manuel Godoy. Entre 1808 y 1813, durante la Guerra de Independencia Española, la obra fue alienada y, posteriormente, vendida a William Buchanan, que la llevó consigo a Inglaterra, pasando por distintos propietarios hasta que, en 1905, fue vendida a la casa Agnew de Londres por 35.000 libras y de esta a la National Gallery al año siguiente.

En Londres, lejos de los exóticos desequilibrios socio-políticos españoles, el lienzo fue víctima de las instancias de reivindicación social del neonato movimiento feminista, tal y como explicó la responsable del atentado, Mary Richardson: “I have tried to destroy the picture of the most beautiful woman in mythological history as a protest against the Government for destroying Mrs. Pankhurst, who is the most beautiful character in modern history”; refrendando, de esta manera, el valor político de la obra de arte musealizada frente a su lectura contextual.

Para saber más descargue el texto completo AQUÍ


PARTE III – ENTRE GUERRAS

“La grande guerra”

El 28 de julio del año 1914, el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Habsburgo y su esposa en la ciudad de Sarajevo, desencadenó que la Triple Alianza, conformada por Alemania, Austria-Hungría e Italia, y la Triple Entente, formada por Reino Unido, Rusia y Francia, protagonizaran un mes más tarde el primer gran conflicto a escala mundial. Éste, se caracterizó por desarrollarse en diferentes puntos del mapa europeo y por una violencia militar hasta este momento desconocida y debida en gran medida a la nueva tecnología militar que no solo azotó a las personas sin que provocó daños de enorme envergadura en el Patrimonio.

Los ejércitos alemanes que ocuparon a las neutrales Luxemburgo y Bélgica para poder atacar al ejército francés desde la retaguardia, no dudaron en golpear duramente las catedrales y palacios de la región de Champagne, un símbolo de la identidad nacional francesa que debía ser destruida. Esto queda demostrado también en las mutilaciones sufridas por la Catedral, el Palacio de Tau y la Basílica de Saint-Remi, en la ciudad de Reims, que se convirtió en una ciudad fantasma.

En Verdún, Ypres, Arrás y San Quintín, lugares simbólicos y claves estratégicas del enfrentamiento militar franco-alemán, los edificios y el mismo trazado de las ciudades sufrió los estragos de la guerra, pese al esfuerzo voluntarioso y embrionario de salvar el Patrimonio llevado al cabo en aquellos años.

Fue también durante este conflicto, cuando por primera vez el entorno natural se vio convertido en instrumento bélico, como demuestra el proyecto de volar unas laderas de las Dolomitas, llevado a cabo por el ejército italiano.

Venice 1931

Los daños fueron de tal envergadura que se empezó a generar una conciencia colectiva de la necesidad de preservar los bienes patrimoniales de los estragos de la guerra, tal y como quedó reflejado en el tratado de Versalles de 1919 y en la celebración de la conferencia de Washington de 1921, donde, por vez primera, se plantearon normas destinadas a la protección a nivel internacional del Patrimonio Cultural.

Los años posteriores a la contienda, se desarrolló la actividad de la Oficina Internacional de Museos, que dependía de la Sociedad de las Naciones, entre cuyos logros destaca la conferencia y posterior publicación de la Carta de Atenas de 1931, verdadero pilar ideológico-jurídico de tutela y protección de Patrimonio a nivel internacional.

En este documento, entre otras cosas, se recogen las novedosas posturas sobre restauración promovidas por Gustavo Giovannoni (1873-1947) y su restauración científica, o Camilo Boito (1836-1949), promotor de una tercera vía de actuación sobre el patrimonio basada en la idea de “consolidar antes que reparar y reparar antes que restaurar”, y que fue capaz de superar la tensión dialéctica entre las posturas de la restauración romántica de Ruskin (1819-1900) y la restauración estilística e intervencionista de Viollet-le-Duc (1814-1879).

IIWW

Durante la Segunda Guerra Mundial, no solo perdieron la vida alrededor de cincuenta millones de personas en tan solo seis años, sino que, a pesar de lo planteado al finalizar el primer conflicto mundial, los bienes patrimoniales se convirtieron, también, en víctimas del conflicto. Ideologías y tecnologías saldaron una firme alianza que, entre otras cosas, planteaba borrar una parte consistente del pasado destruyendo sus restos monumentales. Varsovia en 1939 fue reducida a escombros y en Reims, solo dos años después de su restauración, otra bomba alemana volvió a centrar, destrozándola, su catedral.

Por su parte, los aliados, para vencer la llamada Linea Gustav, no dudaron en bombardear el Monasterio taliano de Montecassino, fundado por San Benito en el año 529, plasmando en hechos concretos aquella sentencia del presidente Eisenhower quien, pese a comprender la necesidad de salvaguardar el Patrimonio Cultural, defendía que “si tenemos que elegir entre destruir un edificio famoso y sacrificar a nuestros hombres entonces la vida de nuestros hombres cuenta infinitamente más y el edificio deberá caer”.

El 15 de febrero de 1944 Montecassino fue bombardeado, reduciendo a escombros uno de los ejemplos de la temprana arquitectura cristiana en Italia. Los alemanes no se refugiaban en la abadía y el bombardeo no afectó a su capacidad de resistencia.

UNESCO-ICOM-ICOMOS

En junio de 1945, una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, se reunieron en una conferencia en San Francisco delegaciones de cincuenta países que aprobaron, el 26 de junio, la Carta de las Naciones Unidas. En noviembre del mismo año se creó la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), un órgano mucho más específico, ya que su objetivo primordial es promover la diversidad cultural mediante la protección del patrimonio. Tan solo un año después y con la misma intención por la salvaguarda del patrimonio cultural fue creado el Consejo Internacional de Museos (ICOM), en este caso destinado al ámbito concreto de los museos y sus profesionales.

En 1954 en La Haya se celebró la Convención para la Protección de los Bienes Culturales en Caso de Conflicto Armado, el primer tratado de carácter internacional de estas características. El Protocolo que acompaña esta Convención tiene como objetivo evitar la exportación del Patrimonio Cultural de los territorios ocupados durante un conflicto bélico y el deber de devolverlos en caso de ser exportados.

Con posterioridad, ya en 1964, se firmó la Carta Internacional sobre la Conservación y Restauración de los Monumentos y los Sitios Histórico-Artísticos, comúnmente conocida como la Carta de Venecia, con la intención de conservar el Patrimonio Cultural. A raíz de ésta nació el ICOMOS, un organismo dedicado a la teoría, metodología y tecnología aplicada a la protección del patrimonio cultural. Todas estas convenciones, medidas y organizaciones surgieron con un único objetivo: evitar que en un futuro se volviera a repetir la brutal destrucción del patrimonio cultural vivida durante la Segunda Guerra Mundial y comprometer y obligar a los países a proteger su patrimonio en caso de que estallara un conflicto bélico tanto nacional como internacional para que este no se volviera a ver afectado.


PARTE IV – GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

II República

El 18 de julio de 1936 tiene lugar el estallido de la Guerra Civil Española. Muchas fueron las consecuencias de la última contienda fratricida en nuestro país. Al elevado número de víctimas humanas se sumó la pérdida de una parte importante de nuestro Patrimonio Cultural. Sin embargo, las pérdidas patrimoniales comenzaron antes del propio conflicto. Desde mayo de 1931, poco después de la proclamación de la II República, se abre una etapa de ataques al patrimonio de la Iglesia y al de las clases más acomodadas, como fueron la quema de iglesias y los daños a propiedades privadas. Este hecho provocó que se demonizara la República como una suerte de institución iconoclasta.

Lo cierto es que, al contrario de aquella imagen, la propia República comenzó a llevar a cabo medidas de protección contra este tipo de vandalismo y, también, destinadas a evitar el expolio del patrimonio desprotegido y al comercio ilegal de antigüedades, como demuestra la declaración masiva de monumentos por iniciativa de intelectuales como Marcelino Domingo, Ministro de Instrucción Pública y BBAA o Ricardo Orueta, Director General de BBAA. La protección traía consigo la tutela sobre el bien, el compromiso de conservación que había de vincularse a la difusión y el disfrute social, aunque, en realidad, se trataban de medidas de carácter urgente y con cierto grado de improvisación, hasta la promulgación de la ley del Tesoro Artístico Nacional en 1933.

Sin duda, estos hechos sentarán bases para la creación de órganos específicos en respuesta a los problemas concretos que sufrió el Tesoro durante los años de contienda. Además, la experiencia de la Guerra Civil fue, para Europa, una suerte de ensayo y conocimiento de la posibilidad de destrucción del nuevo armamento que entraría en juego en la II Guerra Mundial y, por consiguiente, de los daños que podía producir en la población, en las infraestructuras y en el arte. La actuación de la República constituyó, además, una aplicación de los principios promulgados en la Carta de Atenas, así como un ensayo para medidas de conservación que ayudarían a proceder en tiempos de guerra. Finalmente, las disposiciones del Convenio sobre protección de los bienes culturales en caso de conflicto armado, firmado en La Haya en 1954, fueron en parte inspiradas por el trabajo realizado por las Juntas del Tesoro Artístico, Bibliográfico y Documental durante la guerra de España.

Para saber más descargue el texto completo AQUÍ


PARTE V – FINALES DEL SIGLO XX PRINCIPIOS DEL XIX

De Madrid a Ginebra. Ida y vuelta

Entre los organismos creados por parte del Gobierno republicano, la Junta de Incautación y Protección del Patrimonio Artístico tuvo un papel primordial, por medio de la Junta Delegada de Madrid, en el proceso de traslado del Tesoro Artístico Nacional desde la capital hasta Ginebra, pasando por Valencia y Barcelona. Una actuación que pretendía, al mismo tiempo, salvar las obras y secundar la legitimidad del gobierno de la República.

Una vez trasladado el Tesoro Artístico Nacional a Ginebra, el Comité Internacional para el Salvamento de los Tesoros de Arte Español, creado en el seno de la Oficina Internacional de Museos, actuó como garante de sus condiciones de conservación y como instrumento diplomático para su entrega de la Junta republicana al Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico Nacional (SDPAN), del cual Pedro Muguruza era comisario general y donde, también, participó Fernando Álvarez de Sotomayor, antiguo director del Museo del Prado. El SDPAN fue el organismo más relevante dentro del bando nacional en lo relativo al Patrimonio Cultural. Su organización estaba integrada en la jefatura Nacional de Bellas Artes del nuevo Ministerio de Educación, tratándose de una institución fuertemente militarizada que actuó, sin embargo, siguiendo el modelo de las juntas republicanas, aunque en muchos casos con otros objetivos. Lo confirma, por ejemplo, el uso instrumental del Patrimonio por medio de una propaganda que no tenía otro fin que señalar a la República como principal responsable de su destrucción.

Ayer

Hemos podido apreciar algunos de los grandes hitos de la Historia relacionados con la destrucción del Patrimonio; otros, desde los saqueos romanos hasta las cruzadas, desde la Damnatio Memoriae, hasta el reúso de las piezas clásicas en época paleocristiana, no los hemos incluido en este Raid 2015, quizás por su asentamiento histórico en nuestra cultura. Sin embargo, y por muy alejados en el tiempo que nos parezcan, los motivos ideológicos que provocaron la destrucción de la obras de arte siguen vigentes: el poder político, religioso y cultural, siguen siendo razones suficientes para destruir las creaciones del ser humano y su entorno.

En 2001 tuvo lugar un acontecimiento devastador para la salvaguarda del Patrimonio Cultural. El escenario en esa ocasión fue el Valle de Bamiyán, situado en la región central de Afganistán. Allí, el régimen talibán llevó a cabo la destrucción de los Budas de Bamiyán, una pareja de estatuas de colosales dimensiones que durante más de 1.500 años habían permanecido en pie para dar la bienvenida a todos sus visitantes. La justificación de tal catástrofe se encuentra en la ideología de sus realizadores, que no hicieron sino poner en práctica su campaña de demolición de todas aquellas manifestaciones artísticas preislámicas, ya que –a su juicio– eran vistas como atentados contra su fe. Tras el derribo de las milenarias esculturas, el ministro talibán de Asuntos Exteriores, Wakil Ahmed Mutawakel, afirmó que le comunicaría a Kofi Annan, el entonces Secretario General de la ONU, que: “lo que estamos haciendo es una cuestión religiosa interna. Y no tiene por finalidad desafiar al mundo”. Aun así, las posturas internacionales condenaron reiteradamente estos ataques por tratarse de ataques contra el Patrimonio Mundial. Tras el suceso, y pese a que las condenas internacionales se multiplicaron y varios fueron los países que expresaron su deseo de encargarse de la salvaguarda de estas obras según un esquema decimonónico que ya hemos conocido, hubo que esperar a 2003 para que la UNESCO inscribiera el Paisaje Cultural y los Vestigios Arqueológicos del Valle de Bamiyán en la Lista de Patrimonio Mundial y, a su vez, en la Lista de Patrimonio Mundial en peligro, en la que aún continúa más de una década después.

Hoy

Entre febrero y marzo de este año, el autoproclamado “Estado Islámico” (ISIS), organización liderada por Abu Bakr al-Baghdadi, ha seguido una estrategia que tiene en consideración, por un lado, los efectos y el impacto que tuvieron en la comunidad internacional los acontecimientos del Valle de Bamiyán y, por otro, la ausencia real de medios para una intervención especifica de protección de lo Patrimonial de forma directa.

Los acontecimientos que hicieron protagonistas a las ciudades de Hatra, Nimrud o el Museo de la Civilización de Mosul, o la planificada destrucción de las excavaciones de Palmira, no solo certifican una pérdida de bienes patrimoniales insustituibles, sino que deben de activar todos los medios posibles para evitar que otra parte de bienes, igual de valiosa, se convierta en fuente de financiación ilícita para aquellos mismos que la quieren hacer desaparecer. En este sentido, la UNESCO, consciente de sus limitaciones, ha centrado sus esfuerzos en intensificar el control internacional y ha evitado enumerar sitios en riesgo para no llamar la atención sobre ellos.

Como medidas inmediatas, se alertó de la situación al Consejo de Seguridad de la ONU, y a la fiscal de la Corte Penal Internacional (CPI) con la intención de que se tomen medidas, alegando que el acto es un crimen de guerra según el Estatuto de Roma, así como una violación directa de la resolución 2199 adoptada recientemente por el Consejo de Seguridad, que condena la destrucción del Patrimonio Cultural y toma medidas legalmente vinculantes para contrarrestar el tráfico ilícito de antigüedades y objetos culturales.

Para saber más descargue el texto completo AQUÍ

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s